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Ana

Septiembre es un mes muy especial para los niños y sus padres, se inicia un nuevo curso con nuevas anécdotas, nuevas asignaturas y muchas emociones contenidas. Para nosotros, en ASION, este mes también es muy especial,  por ello os queremos dejar leer un texto que nos han enviado. Bajo el título de Ana, se esconde una preciosa historia.

 “Hermanas”

Antes de dormir Tere, mi madre, siempre me contaba un cuento. Ella subía hasta mi cama, se tumbaba a mi lado y narraba, entre ensoñaciones, el cuento que tocaba. Una noche, como si de un cuento más se tratase, me contó que mi hermana había muerto de cáncer. La diferencia es que esta vez no era una invención, si no algo real, un cuento en primera persona, un cuento que no empezaba con un “érase una vez hace mucho tiempo” ni terminaba con un “y fueron felices y comieron perdices”. Ese era y es nuestro cuento.

Ana murió una semana antes de que yo naciese. La única imagen que hay en mi mente de las dos juntas, y obviamente está ahí por lo que me ha contado mi familia, es que mi hermana le mostraba sus juguetes y le contaba cosas a la barriga de mi madre y por lo tanto a mí.

Mi hermana está muerta. Puede sonar macabro que una niña de cuatro años vaya por el cole comentando ese tipo de cosas, y supongo que por eso, mi profe Carmen Barbadillo llamó un poco escandalizada a mi madre:

-Buenos días, ¿es usted la madre de María García?

-Si, soy yo.

-Mire es que su hija le dice a los otros niños  que su hermana está muerta… Yo supongo que serán chiquilladas pero comprenda que me preocupe.

Y mi madre, encogiéndosele el corazón en un puño tuvo que contestar:

-No, no son chiquilladas, su hermana murió de cáncer.

Imagino el asombró que debió causar la noticia sobre mi profe, pero yo había convivido con la muerte de Ana desde antes de nacer.

Cuando eres pequeña no eres consciente de lo que pueden significar palabras como cáncer, leucemia, trasplante o quimio para el resto de la gente. Para mi eran algo habitual, algo prácticamente del día a día. Muchas tardes iba con mi madre a la asociación. Mientras ella trabajaba me dejaban pinturas, algún juguete y otras cosas para que me entretuviese. Algunas veces, si había suerte, había algún niño con el que entretenerse un rato jugando o simplemente charlando. Siempre presumían de sus pañuelos a la cabeza, lucían una media sonrisa, comparaban sus moratones de las vías con los tuyos de jugar al fútbol, cicatrices de guerra, pero sobre todo presumían de sus ganas de vivir. En ASION no sólo conocí a niños enfermos, también conocí a hermanos, chavales que ya se habían curado, padres, madres, amigos, abuelos… Algunos los conozco desde siempre, otros desde hace menos tiempo pero al final se convierten en tus amigos, amigos con los que compartes cosas mas allá de la vida, cosas mas allá de nosotros mismos.

Después de esa época de lengua de trapo en la que le contaba mi vida o la de mi hermana a cualquiera, me fui dando cuenta de que era un tema que incomodaba a mucha gente. Cada vez me costaba más y más hablarlo. Fuera de la asociación no lo comentaba con nadie, nunca hablaba de Ana con mis mejores amigos del colegio, y si alguien lo descubría yo evitaba el tema. Pero pensaba muchas veces en ella, también en cómo habría sido para mi hermano, el mayor de los tres, para mi padre, para mi madre… para mi familia en general si Ana se hubiese curado. Intentaba ponerme en su lugar, vivir lo que ellos habían vivido y así conseguir conocer a Ana un poco más.

Desde siempre supe de la existencia de mi hermana y desde siempre supe que murió de cáncer, nunca ha sido alguien lejano para mí. No creo en la vida más allá de la muerte, pero Ana me ha marcado de un modo u otro y siento una conexión entre las dos, supongo que se trata de esa conexión que tienen todos los hermanos.

Un día me cansé de ocultarlo, decidí que todos debían conocer lo maravillosamente fugaz que había sido mi hermana. Nadie se va del todo si hay alguien que se acuerda de ella todos los días, así que eso hice.

 

Mi cuento comienza con Ana, y sin ella no tiene sentido. Mi forma de ser depende totalmente de mi pasado y para conocerme a mí hay que conocer a mi hermana. Poco a poco les hablé a mis mejores amigos de ella, de su disfraz de ratón, de su media sonrisa en las fotos, de nuestro muñeco con vendajes, del tatuaje de mi hermano en el que se leen nuestros nombres, de su muerte, de Ana, como si de la cosa más normal del mundo se tratase, y por fin, después de mucho tiempo, tuve la sensación de que me conocían realmente. Al fin y al cabo Ana es el prólogo de mi cuento.

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